Este proyecto nació de la idea de un grupo de amigos con las mentes muy perturbadas. Componemos historias encadenando nuestras aportaciones individuales por turnos. Hay libertad de expresión siempre que se mantenga algo de coherencia entre parte y parte. ¿Quieres participar con tu creatividad? Pues contacta. Saludos del equipo y esperamos os gusten nuestras perturbadas historias ;)

domingo, 8 de noviembre de 2009

Misha 10 (Edeldir)

15 de Septiembre de 1956, Hotel Internacional Wacheng Huafu, Beijin.

(Musica de fondo)

- La teneis?
- Si señor. Nuestro contacto nos informan de que han conseguido sacarla del Psiquiatrico.
- Ese estupido de Eric casi lo echa todo a perder. Hay que eliminarla.
- Pero señor, es muy posible que consigamos dar con Eric si sabe que la tenemos.
- Es muy peligroso. El acercamiento de nuestro gobierno con Washington hace que se vea mas cerca el fin del enfrentamiento, y en estos momentos no nos conviene. Eric puede equilibrar las cosas, pero ese maldito cobarde se ha echado atrás en el último momento. Parece que no ha aprendido nada de nosotros.
- Entonces la eliminamos sin mas señor?
- Filtrad que la tenemos y esperad dos dias. Si Eric sigue sin dar señales de vida acabad con ella. Se sabe algo de Yuri?
- Ha cumplido perfectamente su papel Señor. Nos la ha puesto en bandeja a pesar de su reticencia al principio.
- Aún así, trabajaba muy cerca de Eric y ha flaqueado. No tengo clara su lealtad al partido. Seguiremos usándolo mientras te instalas. Trabajarás como próximo enlace Sasha. Cuando llegues allí encargate de él.
- Si señor.

Sasha salió de la habitación con una sensación de victoria. Por fin tenía una oportunidad de resarcirse. No perdonaría los desplantes de Yuri cuando él era solo un principiante, dejandolo en ridículo. Yuri esta vez no se saldría con la suya.

Misha 9 (yiyuuna seishin)

(Música para acompañar la lectura)

"Somos actores que entran en el escenario sin tener ningún papel estudiado de antemano, ningún cuaderno con el argumento, ningún apuntador que nos pueda susurrar al oído lo que debemos hacer. Tenemos que elegir por nuestra cuenta cómo queremos vivir" Sartre

El escenario que contempló Misha tras acostumbrar de nuevo sus ojos a tanta luz, no la tranquilizó. Tres encampuchados con pasamontañas la observaron, deteniendo su conversación por un instante, como para comprobar si estaba o no consciente, y seguidamente uno de los tres entró para sacarla fuera. Misha trataba de extraer toda la información que pudiera de todo lo que le estaba sucediendo tan rápidamente, cualquier detalle que más adelante quizás la ayudara a recomponer este incoherente y atropellado puzzle de acontecimientos. Uno de los encampuchados llevaba gafas de concha, la luz cegadora que reflejaba la nieve, lanzaba destellos en aquellas gafas tras el que se ocultaba al parecer el cabecilla del grupo, pues nada más bajar del camión comenzó a dar órdenes a los otros dos en una lengua que a Misha le pareció de alguno de esos países del Este (eslovaco, rumano?...). Luego se dirigió a ella hablándole en su idioma con un tono de lo más amable, terroríficamente amable le pareció a ella:

-"Señora Berland",- Berland era el apellido de Eric- "si usted colabora y no nos pone las cosas difíciles, yo me encargaré de que se la trate como es debido. Si por el contrario, se porta mal, me veré obligado a no ser tan amable"- subió el tono al pronunciar la palabra amable- "con usted. Lo ha entendido ¿verdad?".

Habían comenzado a caminar los cuatro, mientras el hombre de las gafas de concha hablaba, dirigiéndose a una especie de cabaña o refugio en mitad de la nieve. Misha lo observaba todo disimuladamente, aquel paraje era desolador, estaban en mitad de una naturaleza blanca que no daba ninguna pista del lugar, ni  se adivinaban otros signos de civilización cercanos. Aquella visión de amplitud y extensión la hizo recuperar  por un instante aquella oxidada sensación de libertad, aunque el sentimiento le duró poco al darse cuenta de que seguía atrapada, simplemente estaba cambiando de "cárcel".  Logró parar sus pensamientos, había estado prestando la mínima atención necesaria a las pausadas palabras de aquel hombre para contestar afirmativamente a su pregunta con un gesto de su cabeza, pero no logró pronunciar ninguna palabra de su boca.

- "Buena elección"- se limitó a añadir aquel hombre.

Entraron en el refugio cerrando la puerta tras de sí. Los encapuchados, algo más relajados, se quitaron los pasamontañas. Eran dos hombres y una mujer, ninguna cara conocida para Misha, aunque trató de recordar si alguno de ellos quizás estuviera en aquella foto que había visto. El hombre de las gafas de concha ahora la miraba satisfecho, con una amplia sonrisa en su rostro:

-"¿Tiene hambre señora Berland?"-

viernes, 6 de noviembre de 2009

Misha 8 (Carmen)



Unos pasos pesados detrás de ella le llevaron a intentar ocultar su reciente hallazgo, pero un golpe seco en la nuca hizo que se desplomara mientras dejaba caer la fotografía de su marido.

Un fuerte dolor que la recorría desde los riñones hasta la base de la cabeza le impidió moverse y huir tal y como su primer impulso le dictaba. Forzada a permanecer tumbada, al menos por el momento, poco a poco fue desenredando los pensamientos que se empeñaban en asaltar su mente una y otra vez de manera desordenada. Decidió analizar su situación (y en ese momento se dió cuenta de cuánto tiempo llevaba sin poder analizar nada a fondo). Zarandeada de forma brutal en una especie de habitación oscura de metal, supuso que se hallaba en el interior de algún tipo de camión. Pasada la primera sensación de negrura total, se percató de que por una estrecha rendija se colaba un ligero rayo de luz, azul como el hielo. Gracias a eso pudo ver que se hallaba rodeada de unos extraños bultos informes y oscuros. Ignorando los latigazos de dolor que le cortaron la respiración cuando se incorporó, se fue acercando lentamente a uno de esos objetos - «¡Tela! Aquí hay algo más...» - torpemente, iba palpando el tejido - «una especie de parche...tiene una forma extraña...parece una estrella...¡son uniformes! Uniformes de seguridad, ¡ja!». Se sorprendió a sí misma recuperando el sarcasmo que tanto irritaba a Eric cuando ella fingía inocencia ante sus misteriosas idas y venidas. Sí, ahora lo recordaba. Las drogas del estúpido psiquiátrico casi le hacen perder la memoria, pero en ese momento comenzó a recordar su auténtica vida conyugal. Si bien de puertas para afuera ellos eran un matrimonio ejemplar, la realidad en la intimidad era bien diferente. No es que ella no le quisiera, pero el secretismo que rodeaba cada vez más sus misiones fue despertando poco a poco una gran inquietud en ella, lo que motivó cierto distanciamiento entre ambos. Un mar de dudas ahogaba sus pensamientos. ¿Desapareció Eric porque temía que le hiciera preguntas que le obligarían a mentir? ¿Lo hizo para protegerla? En ese caso, se habría marchado por su propia voluntad...
Un frenazo en seco la estrelló contra una de las paredes del camión y cortó radicalmente el hilo de sus pensamientos. Fue consciente de nuevo de su situación y se sintió como un animalillo abandonado y apaleado. Tiritando, convulsionándose por el dolor, por el frío, por el odio, tan sólo podía agazaparse en un rincón mientras oía pasos sobre nieve, golpes de puertas cerrándose, palabras de tono soez que era incapaz de entender y, finalmente, el chasquido de un pestillo y el chirrido de unas puertas que se abrían para dejar paso a una lechosa claridad que la cegó por unos instantes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Misha 7 (por Torrance)

Ni siquiera le oyó.

Mientras trataba de asimilar qué diablos era lo que había ocurrido, vio como su compañero de habitación saltaba entre los escombros y se abría paso entre los hierros retorcidos del camión. Le vio correr, tratando penosamente de arrastrar sus más de cien kilos, hacia el trozo de valla derribado. Vio como uno de los guardias de seguridad, un joven alto y fuerte como una secuoya, arrancaba a perseguirle mientras le preguntaba que dónde coño creía que iba. Vio como su compañero, un tipo enjuto de piel desolada y mirada despiadada, sacaba su arma reglamentaria, la besaba con mimo (sentía mucho más amor por su arma que por cualquier otra cosa en el mundo, incluida su mujer, sus hijos y su madre) y le susurraba algo que Misha no pudo entender. Le vio apuntar al blanco perfecto en que se había convertido el sujeto gordo que corría jadeante (ya apenas podía respirar).

Le vio disparar (años más tarde, Misha seguiría recordando con asombrosa claridad el seco sonido del percutor que pudo oír justo antes del estruendo del disparo).

Vio caer pesadamente el cuerpo de su compañero de habitación mientras pensaba que, después de tantos días, ni siquiera sabía su nombre. A partir de ahí, todo se aceleró y se hizo confuso. Había gente por todos lados. Algunos enfermos salieron del edificio y corrían de un lado para otro, como niños en un patio de colegio. Los médicos y las enfermeras trataban de poner orden mientras los guardias de seguridad calentaban sus porras. En medio del caos, Misha se dejó caer en el suelo, aturdida. Giró la cabeza a un lado y a otro tratando de encontrar algo que le confirmara que lo que estaba viviendo no era un sueño. En la habitación de al lado, enterrada entre los restos del muro exterior del edificio, distinguió una pequeña caja de madera, una de esas cajas de puros americanos con los que se solía traficar en el mercado negro.

-Esa caja debía de estar oculta en algún escondrijo de la pared -pensó mientras se incorporaba.

Limpió con cuidado la arena que recubría la tapa (descubrió que los puros eran nicaragüenses) y abrió la caja. En su interior, una pequeña y desgastada libreta de notas, algunos papeles doblados, un lápiz que necesitaba ser afilado y una foto donde podían verse tres hombres sentados en lo que parecía la mesa de un café. Necesitó unos segundos para reconocer a uno de ellos, el único que no sonreía. Bajo un sobrero gardeliano de color gris oscuro y un frondoso bigote que le cubría el labio superior, el rostro seco de Eric.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Misha 6 (Wolo)

Llevaron a Misha de nuevo a su habitación. Se quedó observando por la ventana de aquella pequeña habitación, la habitación daba al jardín, estaba todo nevado, en el cesped quedaban restos de nieve de un mal trabajo con las pala. La valla que rodeaba al manicomio no se veía muy robusta, era de alambre entrelazado, quizá era demasiado alta para ella, además de el alambre de espino que invitaba a no intentar traspasarla . Tan sólo deseó poder salir de allí, suspiró y cerro los ojos.

Se escuchó un estruendo, un sonido agudo continuo como de una bocina y la caída de algo metálico, abrió los ojos y vio como un camión se acercaba a gran velocidad hacia la ventana. No supo que hacer, así que se agachó instintivamente para no verlo venir. El camión deslizó por el césped hasta chocar bruscamente de lado contra la pared echando abajo parte de ella, dejando casualmente la ventana intacta, excepto por los cristales quebrados por el golpe.

Misha se levantó y observó la situación, un camión volcado echando humo, que para su sorpresa no tenía conductor, una habitación sin pared y una valla caída. El compañero de la habitación contigua, que había sufrido la misma suerte le habló.

- ¿Parece que es la hora de irse no?

lunes, 2 de noviembre de 2009

Misha 5

Llegó el momento de la verdad, la puerta del pequeño despacho se abrió e Igor acompañó a Misha hasta una silla situada frente a un escritorio tras el que se encontraba el Doctor Zoiburk, recostado en su cómodo sillón de piel gris. Misha se sentó en silencio, Igor se retiró a una de las esquinas del despacho a espaldas de Misha y el doctor Zoiburk comenzó su sesión rutinaria de comprobación de estado del paciente.

- Hola Misha, ¿qué tal te encuentras hoy?

- Muy bien doctor -respondió Misha, con la mente totalmente calra y lúcida. Hoy si estaba en condiciones de jugar...

- ¿Qué tal van esos dolores de espalda?

- Ya me encuentro mucho mejor, seguí su consejo: hice los ejercicios que me recomendó y procuré no hacer esfuerzos. Ya me encuentro totalmente recuperada.

- Ya veo. Y... en cuanto a Eric, dígame, ¿cómo dijo que había muerto?

- ¿Eric?, pero si ya se lo he dicho cientos de veces doctor -dijo Misha muy amablemente, sin mostrar el más mínimo atisbo de enfado.

- Es cierto, pero, ¿sabe una cosa? Yo tengo que supervisar a todos los pacientes de este centro, y claro, son tantos, que a veces me olvido, ¿podrías contármelo de nuevo, por favor?

- Es que me da mucha pereza repetir otra vez toda la historia. Busque entre sus papeles, seguro que lo tiene escrito por ahí, yo sé que usted toma nota de todo lo que le cuento.

- Je, je, tienes razón, pero es que esta mañana he salido con muchas prisas y he cogido el expediente de otro paciente por error en lugar del tuyo, y ya que estamos aquí, sería una pena posponer tu revisión para otro día, ¿no te parece? Anda, cuéntamelo de nuevo, por favor, aunque sea sólo un resumen.

- Está bien, se lo contaré -contestó Misha simulando resignación-. Aunque hay poco que contar, mi marido fue arrestado por la policía y juzgado por cometer crímenes contra el gobierno. Yo nunca estuve al tanto de sus acciones, por lo que no tengo idea de cuáles pudieron ser esos crímenes, pero tuvieron que ser muy graves, pues lo condenaron a cadena perpetua. Durante su traslado a prisión intentó fugarse, aunque tampoco me contaron los pormenores de su malograda huida, sólo sé que uno de los guardias no tuvo más remedio que abatirlo de un disparo con su arma reglamentaria. Eso es todo lo que sé, es la información que aparece en el informe que me dieron cuando algunas semanas después tuve que pagar los gastos de su detención.

- Mmmmmm, ya veo... -decía para si el doctor Zoiburk mientras leía unos papeles-. ¿Y qué hay de la trama de contraespionaje y del operación para robar información militar de alto secreto del gobierno?

- ¿Qué?, ¿qué dice usted? No sé de qué me está hablando, ¿por qué cambia de tema?

- ¿Qué me dice de la trampa de los americanos y del asesinato de su marido? -volvió a insistir el doctor Zoiburk.

- Doctor, me parece que se está equivocando. Está usted leyendo el expediente de otro paciente, ¿no se acuerda?, me ha dicho al principio que se había equivocado esta mañana y cogió otro que no era el mío por error. Esas preguntas no tienen nada que ver conmigo.

- ¡Ah!, si, es verdad... je, je, ¡qué despiste!, perdona, ya no me acordaba -contestó el doctor intentando salir de la situación de la forma menos comprometedora posible.

- Creo que le vendría bien un descanso, doctor, trabaja usted mucho últimamente.

- Si, tienes razón en eso, ja, ja, ja. Bueno, creo que te haré caso y me iré a descansar un poco, puedes retirarte Misha, ya ha sido bastante por esta vez.

- De acuerdo. Que pase usted un buen día doctor.

El doctor Zoiburk asintió con la cabeza mientras Misha salía del despacho acompañada por Igor, el cual había permanecido impasible durante toda la conversación. Al salir de la sala, Misha sonrió para sus adentros: "muy bien, esta vez lo he conseguido, sin esas malditas pastillas soy capaz de evitar decir lo que pienso verdaderamente".

Mientras tanto, el doctor Zoiburk permanecía en su despacho revisando los expedientes de los pacientes a los que había interrogado. Para él, Misha no era más que una paciente como cualquier otro, pues desconocía las circunstancias por las que Misha había llegado a aquel centro.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Misha 4

El tiempo parecía ir a cámara lenta, y la percepción de Misha se incrementó enormemente, los efectos de la medicación del día anterior debían estar ya fuera de su sistema. Observaba a Igor mirándola con disimulo desde su posición erguida junto a la puerta que daba al ala Este del asilo. Veía al Doctor Zoiburk, con esa pose tan característica suya con las manos entrelazadas sobre el pecho y tamborileando con los dedos, mientras asentía y sonreía por cada paciente que veía tomar la medicación.

Ya solo quedaba una persona delante de ella, tenía que evitar tomar la pastilla pero, ¿cómo? Mientras su cabeza corría a mil por hora tratando de encontrar una solución, sus manos se agitaban nerviosas en los bolsillos de los raidos pantalones de su uniforme, de un blanco amarilleado por los incontables lavados con lejía. En el bolsillo izquierdo, la bala de la Tokarev, en el derecho, nada.... bueno, nada no, sus dedos encontraron una bolita, probablemente un girón de tela casi suelto por el desgaste.

Con facilidad desgarro la pelotilla de hilos, y fingió toser llevándose la mano a la boca y deslizando la bola en su interior. Le tocaba. La enfermera le dio una pastilla blanca y un vaso de plástico con un poco de agua. Su mirada era inquisitiva. Misha hizo lo posible por sonreir, sin conseguirlo realmente. Se metió la pastilla en la boca y tragó. La enfermera no notó nada especial y Misha salió de la fila. Miró de reojo al Dr. Zoiburk y a Igor, y ninguno parecía haber notado nada extraño. Cuando se sintió fuera de las miradas, se sacó la pastilla de debajo de la lengua y la tiró en una papelera del salón, mientras se dirigía a la sala de descanso, donde la mayoría jugaba al ajedrez o miraba la nieve caer por la ventana.

Esa tarde debía demostrar en la revisión semanal al Dr. Zoiburk que había superado su crisis y debía dejarla salir de allí. De alguna forma, Misha sentía que su suerte había empezado a cambiar.